martes, 17 de julio de 2018

Lenguaje incluyente y con perspectiva de género


Te has preguntado alguna vez ¿Por qué se usa lo masculino para referirse a hombres y mujeres?, ¿Por qué se utiliza el masculino como neutro y no el femenino?, ¿Qué es la perspectiva de género?



Lenguaje incluyente y con perspectiva de género

¿Qué es la perspectiva de género?

La perspectiva de género busca que las diferencias biológicas entre mujeres y hombres no provoquen distinciones socioculturales ni afecten sus derechos. Desde esta visión, para poder hablar de una sociedad equitativa y democrática, tienen que eliminarse los tratos discriminatorios hacia cualquier grupo, en este caso, las mujeres.

El lenguaje con perspectiva de género

Una de las formas en las que podemos contribuir para acabar con el sexismo en nuestro entorno, es a través del lenguaje. En la manera en que acostumbramos hablar todos los días, existen numerosos actos de carácter misógino que denigran a la mujer y los diferentes roles que desempeña en la sociedad, por ejemplo:

·          Asociaciones verbales que establecen a la mujer como débil, pasiva, dedicada exclusivamente a las labores domésticas, histérica, infantil, etc.
·          Construcciones donde las mujeres aparecen siempre de forma pasiva: novios que llevan al cine a sus novias, maridos que sacan a cenar a sus esposas, padres que controlan a sus hijas, etc.
·          Mención de las mujeres únicamente en su condición de madres, esposas, etc. (la esposa del jefe, la mamá del Arquitecto), es decir, en función de los y las demás con quienes se relacionan; así como tratamientos de cortesía para las mujeres que recuerdan su dependencia del varón (señora, señorita), frente al tratamiento de señor para hombres, independientemente de su estado civil.
·          La existencia de un orden jerárquico al nombrar a mujeres y hombres, ordenamiento que refleja y reproduce la jerarquía social: padre y madre -nunca al revés-, hombres y mujeres, alumnos y alumnas, presidentes y presidentas, hermanos y hermanas, etc.
·          La ausencia de nombres para denominar profesiones en femenino.
·          La falta de simetría al denominar a mujeres y hombres: el nombre de pila, diminutivos (Marthita, Laurita) o el nombre seguido del apellido se suele utilizar para referirse a para las mujeres; el apellido para hombres (Sr. Guzmán, Ingeniero López).


Con esto, se manifiesta lingüísticamente la creencia de que las mujeres son consideradas inferiores y no tienen personalidad por sí mismas, sino que su posición e incluso su existencia dependen de su relación con otras personas.

En el diccionario:

Hombre: individuo macho de la especie humana (opuesto a mujer) / el que ha alcanzado la edad adulta (opuesto a chico).
Mujer: “persona del sexo femenino / la que ha alcanzado la edad de la pubertad / la casada o de edad madura”.
Notas:
Al hombre no se le define por su relación con la mujer. A la mujer se la define por su relación con el hombre (casada).
La palabra “edad”, para el hombre es: “edad adulta”; mientras que para la mujer es “pubertad”. El concepto “edad adulta” en el caso de los hombres es sinónimo de “virilidad”.

Con lo anterior, vemos claramente como desde el lenguaje, desde las palabras, se ha creado un mundo absolutamente desigual en cuanto a los valores asignados a mujeres y hombres, ignorando incluso las reglas de la gramática.


Quienes hacen los diccionarios, no sólo recopilan palabras, además les dan un significado y con ello, las personas aprendemos una realidad. Al aprender a hablar vamos asimilando conceptos de los que se desprenderán conductas y formas de pensar. Aprendemos a percibir el mundo de una manera concreta, adoptamos valores, prejuicios y estereotipos que se convertirán en motor fundamental de la forma en que decidimos relacionamos con otras personas. El lenguaje, siempre tiene cargas sociales estructurales que son difíciles de modificar, pero siempre es posible generar acciones que influyan en la dirección cultural y social de nuestras comunidades.

Puesto que las palabras definen y modelan la realidad y esa realidad da significado a las palabras, podemos impulsar propuestas conscientes para el uso no sexista del lenguaje. La lengua es una herramienta que permite el cambio y es perfectamente posible elegir de manera voluntaria algunas modificaciones que reflejen de forma más real la diversidad de la humanidad y de nuestra sociedad.

Si las mujeres son invisibles cuando hablamos, no es sorprendente que también lo sean en la cultura y sociedad. La discriminación de género se ha construido (también) desde el lenguaje. Así, su deconstrucción empieza por eliminar todas aquellas palabras y expresiones lingüísticas injustas, machistas y violentas que mantienen a las mujeres, lesbianas, transexuales, transgénero, intersexuales y queer invisibles, excluidas, discriminadas y las que no son equitativas, las que infravaloran a las mujeres, las subordinan y/o las denigran. Es lo mismo que dejar de usar expresiones que podrían herir a grupos que tradicionalmente han sido maltratados como las etnias, personas con rasgos físicos distintos al grupo dominante o personas que viven con alguna discapacidad.

Comparto algunos ejemplos del uso común del lenguaje no incluyente y sus alternativas correspondientes para empezar a usar lenguaje incluyente y con perspectiva de genero:




Gramática

En español hay dos géneros gramaticales, el femenino y el masculino. La “o” es indicativa de masculino. El masculino es masculino y no neutro, ni femenino, ni genérico. El neutro, según las propias reglas de la gramática, es para las cosas y las situaciones (húmedo, absurdo, inventario, cómico) y se refiere a cosas que no están clasificadas como masculinas ni femeninas. En español, no existen sustantivos neutros ni hay formas neutras especiales en la flexión del adjetivo; solo el artículo, el pronombre personal de tercera persona, los demostrativos y algunos otros pronombres tienen formas neutras diferenciadas en singular.

Las palabras no pueden significar algo diferente de lo que nombran. El conjunto de la humanidad está formado por mujeres y hombres pero en ningún caso la palabra “hombre” representa a la mujer. Para que la mujer esté representada, es necesario nombrarla.

La RAE no admite usar las letras “x” ni “e” como marca de género, tampoco acepta el uso de “@”; lo considera innecesario pues explica que el masculino gramatical funciona en nuestra lengua, como término inclusivo para aludir a colectivos mixtos o en contextos genéricos o inespecíficos. Sin embargo, al usar la “o” del masculino, invisibilizamos la existencia de las mujeres y personas que no no se identifican con el género masculino, porque lo que no se nombra no existe.

No olvidemos que los idiomas van sufriendo transformaciones de acuerdo a las necesidades histórico culturales (antes, las palabras “internet”, “container”, “audiolibro”, “compostar”, “homoparental”, etc. no significaban nada); el lenguaje es un constructo social, cultural y es dinámico… la misma RAE ha aceptado las palabras “murciégalo”, “vagamundo”, “cantinflear”, “wifi”, “dotor”, “otubre”, “papichulo”, “amigovio”, “levantón” (secuestrar), “pase” (aspirar cocaína), “chido”, “chingar”, “güey o wey”, “naco”, etc. y usando un poco de sentido común ante eso, no tiene explicación la resistencia, la ridiculización, las ofensas y la insistencia en seguir negando que es necesario visibilizar a las mujeres en el uso formal e informal del lenguaje. No se trata de destruir el lenguaje, se trata de entender de dónde venimos y construir una versión más justa y mejor; si hay palabras adecuadas para nombrar a cada persona, usar el masculino para nombrar a las mujeres y a las personas que no se identifican con el género masculino, es ocultar la realidad.

Profesiones, oficios y cargos:

Cuando a una mujer profesional, se la define en masculino, se está promoviendo:
1. La invisibilización de las mujeres que desempeñan esas profesiones.
2. La excepcionalidad que confirma que no es algo normal para las demás mujeres.
3. Reservar el masculino para determinadas actividades remuneradas o prestigiadas. 4. Que la ciudadanía siga pensando que tal o cual profesión no se puede decir en femenino.



Cualquiera de estas ideas estanca el desarrollo de la humanidad y de una sociedad equitativa, es contraria a la igualdad de oportunidades y perpetúa el sexismo y la misoginia.




¿Qué hacer?





La sociedad está obligada a la evolución, pero seamos conscientes de que el cambio no será fácil por el inevitable choque entre las nuevas formas de pensamiento y las tradicionales; requerirá llevar reflexión y consciencia a todos nuestros espacios. El objetivo no es invisibilizar a otros para visibilizar a las mujeres, usar lenguaje incluyente significa distinguir, hablar y escribir en masculino, femenino y con neutralidad.


Amparo Bandera


Para saber más: Manual para el uso de un lenguaje incluyente y con perspectiva de género: http://www.codigodeconducta.ipn.mx/Documents/Manual-Lenguaje.pdf


Cultura de la violación


La cultura de la violación, acuñado como concepto en los años setenta, vincula la violación y la violencia sexual a la cultura de una sociedad en la que lo habitual es normalizar, excusar, tolerar e incluso perdonar la violación y al mismo tiempo, culpabilizar a la víctima 
 Nuria Varela

Cultura de la Violación

La cultura de la violación describe un problema social y cultural donde la violación es aceptada y normalizada debido a pensamientos, creencias, comportamientos y actitudes sociales sobre el género, el sexo y la sexualidad; incluye mensajes sociales que ordenan a hombres y mujeres a asumir roles de género predefinidos en relación con el comportamiento sexual.
La cultura de la violación, es el entorno en el cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular y en el sistema de justicia. Se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de las mujeres (Marshall University’s Women’s Center).



En México, hay 99 víctimas de delitos sexuales por día. Durante febrero de este año (2018), los delitos sexuales incrementaron 10.6%, en comparación con el mismo mes del año pasado. Según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), las carpetas de investigación por abuso, acoso y hostigamiento sexual, así como la violación simple, violación equiparada, incesto y otros delitos pasaron de dos mil 568 a dos mil 841, en el referido periodo. Los anteriores datos corresponden únicamente a los casos que se denuncian en las agencias del Ministerio Público. De acuerdo con estimaciones del INEGI, cerca del 95% de los delitos sexuales ni siquiera se denuncian, sino que se quedan en la llamada “cifra negra”.

Las agresiones sexuales son delitos que en la mayoría de los casos quedan impunes, incluso cuando se denuncian. Un diagnóstico sobre la violencia sexual elaborado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), muestra que en promedio, de cada cien casos de agresiones sexuales que se cometen en el país, solo seis llegan a ser denunciadas y de esas apenas la tercera parte son consignadas ante un juez. Otro problema evidenciado por el estudio es el desorden que predomina en el país en cuanto a cómo se califican y castigan los casos de violencia sexual dado que no hay criterios homologados en los códigos penales vigentes. “Lo que existe en muchos de estos razonamientos es una actuación misógina, discriminatoria e ignorante del marco constitucional en materia de derechos humanos de las mujeres, particularmente de lo establecido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (…) existe un estereotipo de que por ejemplo, si las mujeres abusadas no se defienden, es que lo consienten y eso es un error” (Michelle Salas). Uno de los problemas fundamentales en los delitos sexuales es que las víctimas se convierten casi siempre en “las sospechosas”, lo que contribuye a que los casos ni siquiera sean denunciados.
(http\://www.animalpolitico.com/2017/04/delitos-sexuales-violencia-mexico/)

Las violaciones en México y en otras partes del mundo, muestran una masculinidad extremadamente violenta, agresiva y deshumanizada que ha sido entrenada y reforzada por el sistema patriarcal (no debemos olvidar que la industria del sexo es la principal aliada de la cultura de la violación, siendo la pornografía el medio de instrucción y “educación sexual” por excelencia). 

Por supuesto, los hombres no son los únicos que violan, como las mujeres no somos las únicas víctimas; hay hombres que violan a otros hombres y mujeres que violan a hombres, pero lo que nos hace poner la mirada en los hombres como máximos responsables, es que son quienes cometen el 99% de las violaciones denunciadas.

Para prevenir las violaciones, un hombre debe entender que cuando una mujer dice “no” significa únicamente “no”, que cuando una mujer se encuentra bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y no está en condiciones de hablar, no hay consentimiento de por medio y automáticamente significa “no”. Hombres y mujeres debemos dejar de insistir en que somos nosotras quienes podemos y debemos evitar las violaciones al vestir, hablar o comportarnos de cierta manera, disculpando así, la responsabilidad UNICA de los violadores. Son los hombres quienes deben dejar de creer que pueden disponer del cuerpo de las mujeres y son ellos quienes deben dejar de violar. 

Algunos ejemplos de cultura de la violación:

·          Culpar a la víctima (“bebió de más”, “andaba sola”, “coqueteaba con todos”, “ella lo estaba pidiendo”, “ha tenido muchos novios”, “se vestía muy provocativa”).
·          Justificar las agresiones sexuales (“los hombres son así”, “los hombres no pueden controlarse”, “los hombres necesitan sexo”).
·          Hacer, compartir y reírse de chistes sexualmente explícitos.
·          Compartir fotos y videos que muestren violencia sexual.
·          Sexualizar a las niñas y adolescentes (modelaje, presión para que las niñas se vean atractivas y consigan la atención de los hombres, decir cosas como:  “vas a tener un cuerpo muy bonito”, “es chiquita, pero sexy”).
·          Tolerar y justificar el acoso sexual (“así funciona el mundo de los negocios”, “para ascender en el trabajo hay que hacer favores sexuales”, “es normal que los hombres insistan”, “cuando un hombre quiere algo, hará todo para conseguirlo –y es válido-”).
·          Inflar las cifras de denuncias de violación falsas.
·          Relacionar los hábitos de vestimenta, salud psíquica, afectos, costumbres, acciones, motivaciones e historial de la víctima con las agresiones y hacerlos públicos para atenuar la responsabilidad del violador.
·          Ver, promover, recomendar y compartir películas y programas de televisión que muestren, justifiquen y respalden la violencia de género (celos, violencia física, psicológica, económica, etc.).
·          Definir la «masculinidad» como dominante y sexualmente agresiva.
·          Definir la «feminidad» como sumisa y sexualmente pasiva.
·          Presionar a los hombres para que consigan sus metas a cualquier costo y pasando sobre quien sea.
·          Presionar a las mujeres para que no sean contestonas, siempre sonrían, sean complacientes, acepten lo que se les presente, etc.
·          Asumir que solo violan a mujeres que ejercen su libertad sexual.
·          Asumir que las violaciones a hombres no existen y que si llegan a suceder es porque el hombre víctima es débil.
·          Creer que las acusaciones de violación, acoso y hostigamiento son una exageración y no tomarlas en serio.
·          Enseñar a las mujeres cómo no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar.



¿Es posible actuar dentro de esta sociedad para modificar la cultura de la violación? La respuesta es; SI. Comparto algunas ideas que pueden contribuir:

·          Evita el uso de lenguaje que trate como objetos, despersonalice o degrade a las mujeres (deja de llamar “puta”, “cualquiera”, “zorra”, “loca”, “ofrecida”, “nalga”, “vieja”, “carne”, etc. a las mujeres, independientemente de la situación).
·          No permitas que otros cuenten chistes ofensivos, que promuevan o justifiquen la violación o que cometan algún acto de violencia de género. Intervén, quéjate, apoya o defiende a la(s) víctima(s), pon un alto. Como dice Nuria Varela, “el silencio, la sumisión y el miedo no protegen”.
·          Mantén un pensamiento crítico con los mensajes que te llegan en Whatsapp y redes sociales sobre mujeres, hombres, relaciones y violencia; es válido pedir que paren, decir que no estás de acuerdo con esos mensajes y promover la reflexión en tus grupos y chats.
·          Si una mujer que conoces te dice que la han violado, que alguien la acosa u hostiga, tómala en serio y apóyala.
·          Respeta el espacio personal (físico) de cualquier mujer, incluso en lugares donde hayan muchas personas.
·          Mantén comunicación constante con tus parejas sexuales, pregunta si están de acuerdo con la manera en que se están relacionando físicamente, asegúrate de que no les incomode, moleste o que no se sientan humilladas o agredidas sexualmente. No asumas que por ser tus parejas, están obligadas a dar su consentimiento a todo. En cualquier momento que tu pareja diga “no”, debes detenerte, no importa que tan intensas se hayan puesto las cosas.
·          Define tu propio concepto de lo masculino y lo femenino, cuestiona los estereotipos y no permitas que ciertos usos y costumbres guíen tus actos.